lunes, 8 de octubre de 2012

POSTALES SALVAJES


Lo salvaje no tiene palabras
 Tomas Transtromer



I

Un retoque de palabras rozan la piel,
convirtiendo inquietas mariposas
en  tranquilas luciérnagas
en tan sólo
un susurro.



II

Lenguas bailan tangos desesperados
mientras grillos afilan sus alas,
sin saber que violines
no necesitamos.



III

Se hunden los cuerpos en mares de rocío
allí donde no tenemos cabida.
Los hipocampos nos observan
aprendiendo al mirar
como tocarse.

miércoles, 3 de octubre de 2012

ATRAPADA



Empezaban las lluvias y prometían ser duras. Este año no aguantaría la chapa del techo, ya eran varios con ella mal puesta; Lupita debería conseguir un poco más de cartón para poner por dentro. Un viento helado se colaba entre las rendijas de las tablas y había costado encender el anafre. Lupita sacó el zarape de su cama para cubrir del aire a Gaviota.

“Mi pequeña” pensó, mientras veía a Gaviota con las rodillas dobladas en el catre que apenas cabía; así dormía desde bebita. Recordó cuando le decía, “no crezcas hijita” y pensó que tal vez no debió decir eso, mucho menos desearlo. ¿Tendrá razón la gente cuando vocifera que su hija era un castigo del cielo por ser mala madre? Descartó rápidamente esta idea y se concentró en verla dormir. Con cada respiro de Gaviota su madre sentía cuanto la quería. ¿Por qué Dios había hecho esto? Se repetía siempre.

Gaviota era guapa. Los hombres del pueblo la veían mucho; pero ella no se daba cuenta con que intención y a todos les sonreía. Siempre tenía que salir Carlos a defender a su hija, a “la retrasada” como le decían cuando la escuchaban hablar. Varías veces se fue a los puños de pura rabia y coraje con quien se atrevía a mirarla. Era tanto el dolor que solo el alcohol lo curaba.

Esa noche de la lluvia y viento en la cantina servían un trago tras otro, hasta que tenían que corre a Carlos, porque se acababa más a prisa el trago de lo que el dinero podía pagar.

-Uno más,  sólo uno más que lo necesito - Entendió el cantinero.

-Ya estuvo Carlos, no te sirvo ni uno más. Me vas a quedar debiendo como siempre. Ya vete, tu mujer te debe estar esperando- Le pidió, mientras limpiaba con un trapo la barra.

Carlos salió del bar en medio de la lluvia y se fue balanceándose por el camino de arena. Tropezó de vez en cuando levantándose, esta vez no se quedaría allí dormido. Tenía que llegar a casa. Al paso aparecieron un par de muchachos, no logró distinguir quienes eran, en parte por el alcohol y en otra por la lluvia, pero sí pudo escucharlos claramente.

-Mira, allí va el Carlos… Pobre viejo ¿Ya viste a su hija?... Sí, está bien buena la retrasa… Dicen que nació normal y que fue una caída… Pa mí que el viejo este le pegaba y quedó tarada…- Escuchaba varias voces que empezaron a rodearlo. Confundido cayó en la arena de rodillas. Las voces giraban a su alrededor con rostros, manos, bocas, ojos.

- Hey  Carlos, deberías prestarnos a tu hija- Reían-Total la retrasada ni cuenta se va a dar y te pagaríamos buen dinero… Está bien buena la chamaca… ¡Uy ya me la imagino encueradita, cuerpecito, mami!... Dile que nosotros sí queremos jugar con ella – Escuchaba rizas y sintió una mano que le tocó el hombro. Mareado sacó un cuchillo del pantalón y cortó el aire a ciegas, maldiciendo las voces que se silenciaron tras dejar a Carlos con varias cuchilladas muerto en un charco de sangre en la playa.

Lupita recorrió la cortina que separaba al cuarto de la entrada y se apresuró a abrir la puerta de metal que golpeaban con fuerza.

La figura de aquel policía y la noticia que con él traía se volvió más lejana en el camino, hasta que dejó de verlo. Lupita de rodillas en el piso lloró sin consuelo, preguntándose ¿Por qué Dios hacía eso?  Sólo reaccionó cuando escuchó un sonido dentro de la casa.

Gaviota estaba acostada con las manos en los oídos y la cabeza hundida en la almohada. Lupita acarició su pelo y se recostó a un lado en el catre, apenas cabían las dos mujeres en él. Gaviota se dio media vuelta para ver el rostro de su mamá empapado en llanto y la acarició con su mano.

-Mami, no llores, mamita. Yo te quiero mami. Cuéntame un cuento.

-Ahorita no Gaviota, mami está triste- Sollozó.

-¿Y papi, ya vino papito? Cuéntame un cuento mami- Gaviota colocó la cabeza en el pecho de su mamá escuchando como le latía el corazón y oliéndola.

-Mami huele rico ¿Me cuentas un cuento, mami?

-Hoy no Gaviota, ahora duérmete que mami se queda aquí contigo-le dijo.

-Tengo hambre mami- Lupita recordó que solo tenía un poco de frijoles cocidos, dos tortillas, un resto de leche, una gallina vieja que ya no ponía huevos y ni un peso -Ya duérmete Gaviota, es tarde hija.

Esa noche, la primera de lluvias, fue la mayor tormenta que Lupita pasó. No logró dormir pensando que haría ella sin poder trabajar, sin nadie a quien encargar a su Gaviota. Tal vez podría entregarla a Don José. Imaginó a su hija siendo tocada por aquel viejo, ella no entendería nunca que pasó. Gaviota era inocencia pura, como le dijo el padrecito cuando le preguntó ¿Por qué Dios había hecho eso?

-¿Qué haremos ahora hijita linda?- se preguntaba mientras la veía dormir respirando pausadamente, con esa paz interna que solo ella tenía, sin el menor tormento, como un ángel. Viéndola así era una mujer perfecta, hermosa y cautivadora. Tal vez sí debía entregársela a Don José, pensó Lupita, quizá con el tiempo ella mejoré. Don José no era tan malo, tenía una casa con techo y hasta una camioneta.  Si la conociera así, su cuerpo tan perfecto, su carita, seguro la desearía.

El sol empezó a salir. Lupita sabía muy bien lo que debía hacer.

-¡Mami, mami!- repetía Gaviota.

-Mande Gaviota.

-Mami, ya me desperté. Tengo hambre mami- Comentó mientras se tallaba con las manos los ojos.

-Ven corazón, siéntate a comer tus frijolitos- Gaviota se acercó dando brincos.

-Hoy quiero que te pongas tu vestido lindo, el rosa que te gusta. Cepilla bien tu pelo, que vamos a salir- Le pidió mientras Gaviota se zampaba los frijoles.

-¿Con papito, mami? ¿Vamos con papito?- preguntó  Gaviota contenta.

- No mi amor, vamos a dar un paseo, pero sin papi- respondió ocultándole su cara.

-¿Y por qué?-dijo Gaviota mientras giraba en un solo pie.

- Ándale, apúrate que mami te va a llevar a un lugar muy lindo- le comunicó Lupita mientras la miraba con la mayor ternura.

-¿Y por qué?-volvió a preguntar.

-Por qué sí Gaviota, ya vístete que nos vamos- le ordenó.

Salieron las dos mujeres tomadas de la mano, Gaviota caminaba y daba saltos. No faltó como de costumbre el  niño que se burlara de ella, alguna vez hasta piedras le habían aventado “Allí va la retrasada ¿No quieres jugar?” le gritaban mientras reían. Lupita caminó con paso firme y a prisa, pasando por las miradas del pueblo con la mano de Gaviota bien agarrada, mientras le pedía que no mirara a nadie y siguiera avanzando.

-Aquí nos vamos a parar hijita-

-¿Puedo jugar, mami?- Lupita la miró con los ojos llenos de lágrimas. Y le besó la frente. La tomó de las manos y buscó su mirada. Acarició el fresco rostro, que se nublaba a su vista por el llanto incontenido.

-Mi amor ¿Sabes que mami te ama mucho?- le preguntó sollozando.

- Gaviota ama mucho a mami. ¿Puedo jugar?- Insistió Gaviota.

-Escúchame Gaviota - le pidió.

-Pero ¿Puedo jugar? ¿Sí mami, puedo?

Lupita no lograba hablar, respiró hondo varias veces  y la ayudó a desabotonarse el vestido. Sin duda era una mujer bellísima.

-Corre mi amor ve a jugar. Mami va estar aquí viéndote- Gaviota le dio un beso y se fue corriendo descalza.

-Ve amor, ve…- susurró.

Lupita vio como se alejaba de ella y se sumergía.

Una Gaviota surcó el cielo, era libre, volaba sobre el mar jugando con el agua.

Libre de aquel cuerpo de mujer que tenía atrapada a su niña.

Libre al fin.

EL ANILLO


Sobre la cama había abierto mi vieja caja de madera, donde guardaba esos papeles, fotos, alhajas, que llamo tesoros. Me gustaba sacarlos de vez en cuando, como quien cierra los ojos para regresar a viejos días. A veces era sorprendida por la estruendosa entrada de mi nieta. Como adoraba verla entrar a mi cuarto, aventar los zapatos, subirse a mi cama y contarme sobre su día. Otras veces era  yo la que sin tener mucho que contar sobre el mío, recurría a los de la memoria.

-Abu, este anillo de la piedra azul me gusta- me comentó mi nieta tomando uno de la cama y haciéndolo girar en su dedo. Al darme cuenta se lo arranqué de su mano guardándolo rápidamente en su caja. Deseaba que jamás lo hubiera visto.

-¿Por qué lo guardas? Ese nunca me lo habías mostrado. Se ve que es caro. ¿Quién te lo dio? ¿El abuelo?

-No, no fue el abuelo. Y ya no hagas preguntas.  Creo que es hora de que te acuestes.

-Es temprano. Ándale dime quién te lo dio- me rogó con tono de suplica burlona  -O voy a pensar que… ¡Abu! ¿Tenías un amante?

-¡Nada de eso! niña atrevida. La historia de este anillo es triste, hay cosas que están malditas y uno debería deshacerse de ellas. No sé por qué lo he guardado tantos años, sólo me trae malos recuerdos. Debí venderlo hace mucho.

- Buen dinero debe valer ¿Me dejas verlo otra vez?

- ¡No!-  exclamé  molesta, mirándola a los ojos y empujándole las piernas al borde de la cama.        

-Existen cosas que valen mucho más de lo que te puedan dar en el mercado, cosas invaluables. Este anillo…- agregué mirándolo con nostalgia- Era de mi madre, que en paz descanse-

Betty ya se había incorporado en la cama, con las piernas cruzadas, a la espera de mi historia, así lo hacía siempre. Ya estaba grande, tal vez sería momento de contarle uno de los secretos mejor guardados en la familia.

Tomé la caja y saqué el anillo, aún tenía el mismo brillo de hace tantos años.

- Jamás lo usé y nunca lo haría, pero lo recuerdo en el dedo de mi madre. Combinaba con sus ojos, se le veía hermoso en sus dedos largos. Tus manos me recuerdan tanto a las de ella- y empecé a contar:

Mamá había contratado una señora para ayudarle en la casa. Llegó de un pueblo recomendada por la criada de una vecina. Cata, así le decíamos, era algo regordeta, muy morena y siempre traía el pelo trenzado, jamás pude ver su ropa, más que un rebozo, porque mamá se encargó enseguida de ponerle uniforme, según mamá para que no se acabará su ropa, pero la verdad yo dudo que tuviera algo bueno que acabarse,  todas las mañanas se levantaba envuelta en el rebozo  y quejándose del clima hiciera frío o calor, parecía que era a lo único a lo que era sensible.

Cata cocinaba delicioso, se pasaba el día metida en la cocina, de nada servía que elogiáramos su comida, decía mi madre que no sabía dar las gracias, que los indios así eran, ladinos y mal agradecidos hasta para los cumplidos. Cata solo bajaba la cabeza como si no le importara lo que escuchaba y se iba a la cocina, allí era su mundo en soledad, entre cebollas, papas, cilantro y ollas.

No reclamaba cuando alguien entraba, a pesar de que suponíamos debía molestarle jamás mostró desagrado, pero tampoco gusto. Cuando le preguntabas si podías pasar te contestaba con un “Como quiera”. Así era Cata, hablaba poco, nunca decía que no a nada pero tampoco que sí, ni una sola vez la vi sonreír y menos llorar. Parecía perderse entre el humo de las ollas de aquella cocina, pasaba allí desapercibida, como en un mundo lejano, ajeno a todos. Algunas veces intentaba sacarle plática pero a aquella india, como decía mamá, sacarle algo era un triunfo.

-¿Tienes familia Cata?- le pregunté.

-Supongo- me contestó indiferente.

-¿Cómo supones? Todos tenemos familia, de algún lugar venimos ¿Tú de dónde vienes?-

-De mi pueblo- continuó con la misma indiferencia.

- Es imposible contigo Cata, uno trata de ser buena gente, se desvive en querer hacerte sentir a gusto, sacarte plática, elogiar tu comida y nada te agrada. A veces creo que deberíamos tratarte como mi hermano, qué he visto que te dice “india cochina”, pero tampoco te afecta. Tiene razón mamá, tú en vez de sangre seguro tienes atole en las venas- le dije intentando mirarla a los ojos, pero Cata nunca miraba a los ojos.

Justo en ese momento entró mamá enfurecida en la cocina, azotó la puerta, y se paró frente a Cata, con los tubos a medio poner y la bata mal cerrada.

-Esta mañana dejé antes de bañarme mi anillo en el tocador. Solo tú entraste a tender la cama y guardar la ropa y como siempre mientras yo no estoy, evitando a todos como si fueras fantasma. Así que dime Cata ¿Dónde guardaste mi anillo?- preguntó mamá con un tono seco y pausado.

-¿Me escuchaste?, te hice una pregunta ¡Contesta! ¿Dónde está mi anillo?

-No sé señora- dijo Cata con la misma indolencia de siempre, mientras continuaba picando chiles, cómo si realmente le importara muy poco la desaparición del anillo.

Mamá empezó a cambiar su semblante y a ponerse más roja, subiendo una ceja;  como tu mami cuando se enoja.

-Mira india, me vas a decir ahora donde tienes mi anillo, sólo tú lo puedes haber tomado y me dices ahora o te juro que llamo a mi marido ¿Quieres que lo llame?

-Como quiera- contestó Cata. La respuesta encolerizó a mamá, no recuerdo haberla visto jamás tan enojada como aquella vez.

-Eres una ladrona, mendiga india, descarada. ¡Mírame cuando te hablo!- le gritó zangoloteándola por los brazos con tal fuerza que se le deshizo una trenza y soltó el cuchillo que calló de punta en el dedo de mamá lastimándola.

Rápido tomé un trapo para limpiarla, pero mamá no se dejaba, sólo gritaba y seguía zarandeando a Cata que nada hacía.

-A la policía voy a llamar. Me escuchaste india, de esta casa sales pero presa. ¡Ladrona! Jamás te vas a olvidar de mi, ladina maldita, eso te lo juro- decretó mamá.

En poco tiempo estaban cinco hombres armados del ministerio en la casa, llevándose a Cata con las manos esposadas, como si fuera un peligroso asesino, sin que Cata soltara una sola palabra, con la cabeza baja sin mirar a nadie a los ojos, Cata nunca miraba a los ojos

Betty estaba sorprendida y horrorizada al escucharme.

-Pero ella no se robó el anillo Abu  ¿O cómo lo tienes tú, sé lo encontraron?

-¡No! Deja que termine de contarte. Cata terminó en la cárcel y pasaron varios años, yo ya estaba casada con tu abuelo, cuando falleció mamá. Fui con mis hermanos a desmontar la casa para ponerla en venta y fue a mí que me tocó encontrar detrás del tocador el anillo de mamá.

-¡Ah! Abu… ¿Y qué hiciste?

Esa misma tarde fui al penal donde sabía que habían llevado a Cata. Pero ya habían pasado varios años, no existía ninguna presa con su nombre. El agente que nos atendió nos sugirió ir a archivos a investigar si había sido liberada. Una culpa ajena me hizo investigar a fondo hasta dar con su archivo.

-Cata no fue liberada- me dijo el agente- Yo tengo varios años aquí y recuerdo bien su caso, era una señora muy rara; nunca nadie la vino a visitar. Parecía estar cómoda en su celda. Cuando se le dictó sentencia diría que no le importó, jamás había visto a alguien tan resignado a su condena. No pidió abogado. Creo señora que la culpa no la dejaba reclamar.

-Pero ella era inocente, yo tengo la prueba- El agente me miró desconcertado.

-Nunca dijo ser inocente, eso no puede ser ¿Está usted segura señora?  Ni siquiera cuando estaba en enfermería,  ni antes de morir dijo ser inocente, aceptó su enfermedad y su muerte como si no le perteneciera con completa abandono de si misma.

-¿Cuándo Murió?

-Hace… dejé busco- con un dedo recorría el expediente- Dos años tres meses señora-.

- Te das cuenta hijita ¡Cata pasó once años presa por un robo que no cometió!  Y nunca dijo nada, jamás se promulgó inocente- le dije entre sollozos a mi nieta.

-Pero ¿y qué más te dijo el agente?

-Nada, corazón, sólo que antes de morir le insistieron en que les diera el nombre de algún familiar o si quería que llamarán a alguien, ella contestó  “No lo sé”  y murió sin mirar a nadie a los ojos.  Cata nunca miraba a los ojos.

lunes, 24 de septiembre de 2012

TACTO


Mi piel de arena y agua de lodo fresco

De agua interna con caricias sonoras

De latidos adormecedores de péndulo

Mi piel de luz nueva en noche de luna vieja

Mi piel de invierno de sur con sol de norte

De ternura frágil de cascarón nuevo

De suavidad de pétalo pequeño

Mi piel de cicatrices columpiadas mezclada con arena de playa

De masilla pegada con dulce caramelo

Mi piel de odiadas imperfecciones purulentas

De sentimientos primeros en instantes inmensos

Mi piel toda de labios regocijada en besos

Y de caricias brutas escudriñando placeres ajenos

Mi piel de sexo fresco y jugoso cascabeleo

De lino blanco y flores de sereno

De solitario eterno y promesas al cielo

Mi piel agraciada redonda como cuenta

De espera de nueve lunas viejas

De desinflarse de dicha y llenarse de eternas líneas

Mi piel de tristezas marcadas en rutas profundas

Mi piel de otoños tardíos y primaveras olvidadas

De lienzo de plumas y cielo de aves

De tus manos esponja, de manantiales eternos

Mi piel de caminos de piedras y profundos abismos

Y de colinas con soles ponientes

Mi piel de arena seca

ESTACIONES


 
Nadie nota los astros helados.

Caen suaves llenando el estanque lejano, donde nada logra huir atrapado bajo el cristal de un reciente dolor de cielo con sabor a tierra seca en al boca, al filo del sueño frio recién caído del firmamento en forma de estrellas de hielo, paisaje que yo admiro de lejos.

Van mezclándose con el aire obligan a atacar con abrigos, tapan las bocas con lana entre olores de madera y vinos tintos, llenan las esquinas de ganas de vivir bajo el hielo como en un cercano sueño de calles dobladas de quietud de gente y desbordadas de quejas de ojos  ajenos.

Nadie nota los arcoíris tibios.

Rompen  fuerte el hielo con suaves pétalos  cargados de colores de fuego para aquellas miradas de descanso blanco llenas de ansia, absorben como esponjas las almas grises del invierno esos pequeños tallos salientes del cielo pálido pintado de desierto, paisaje que yo admiro de lejos.

Van perdiéndose con la tierra obligan a agredir con sedas, adornan  las cabezas con linos entre aromas de flores y blancos vinos, llenan las esquinas de ganas de vivir bajo el color como en un lejano sueño de calles dobladas de movimiento de gente y desbordadas de cantos de ojos ajenos

Nadie nota los cielos ardientes.

Destrozan estruendosos  la tierra colándose atrevidamente entre tejados calientes, resbalando por ellos con osado descaro, dejan en todo el que tocan un color dorado, regresan el agua al cielo que bajan en incitantes noches como gotas que recorren los cuerpos, paisaje que yo admiro de lejos.

Van encontrándose con el agua obligando a atracar con piel, desnudas las almas perfumadas de olor a hormonas y espumantes vinos, llenan las esquinas de ganas de vivir bajo el sol como en un latente sueño de calles dobladas de calma de gente y llenas de silencios de recuerdos ajenos, paisaje que yo admiro de lejos.

jueves, 14 de junio de 2012

COMIDA PARA GATOS

Le había llamado la atención varias veces, no podía seguir haciendo esa asquerosidad frente a los clientes, acabaría con la buena reputación del lugar y de paso sería despedido.

Al parecer no entendió, ¿no había sido suficientemente clara?, alguna deficiencia mental debía tener Miguel, no era lógico que llegara siempre vestido de la misma manera, el dobladillo descocido, la camisa arremangada y los zapatos, ¡ay esos zapatos!, se veían opacos y se suponía debían estar relucientes, sin embargo llegaba con ellos cubiertos del polvo de la calle y el cuero negro se tornaba gris. ¿No tendrá otra ropa para que al llegar pueda cambiarla por el  uniforme que va debajo del mandil? Así veía que lo hacían el resto de los meseros, pero no Miguel, el parecía arrastrarse debajo de la ropa y esta en vez de vestirlo, le colgaba como de un perchero, sin la forma y el porte que da un cuerpo.

¿Porte?, pensó Norma, no era posible relacionar esa palabra con Miguel, no se trataba de estatura, porque él era el más alto de todos los meseros, era esa forma de caminar, de llevar la ropa de ponerse el mandil y hasta de transitar entre la gente con una bandeja en la mano y una mal doblada servilleta blanca en el antebrazo. No, Miguel no tenía falta de porte, era falta de algo más básico, era carencia de higiene.

No lo notó el primer día que llegó a pedir trabajo, aquella mañana Miguel se había esforzado por presentarse pulcro y la impresión que le causó a Norma fue muy buena. Al entrevistarlo demostró que tenía experiencia y un amplio conocimiento sobre vinos, sus uvas, cosechas, pero sobre todo el maridaje de estos con los platillos, justo lo que Norma buscaba. Lo contrató de inmediato, le entregó una bolsa con dos camisas blancas, un pantalón negro y un mandil de fino cuero.

                - Debe presentarse a las 10 en punto, tendrá que montar las mesas y siempre habrá alguna tarea extra, ya sea lustrar los cubiertos, la cristalería, quitar el polvo de la cava, contar la mantelería, en fin, usted verá  cuales son las rutinas y se irá programando con sus compañeros para rotarse las actividades. En cuanto al sueldo base y el reparto de propinas ¿le ha quedado claro o tiene alguna duda?- preguntó Norma.

                - No Señora, todo me ha quedado muy claro y espero no defraudarla, en verdad necesito mucho el trabajo.

                - Muy bien. ¿Miguel verdad?- preguntó mientras leía su nombre en la solicitud de empleo.

               - A nuestros clientes intentamos brindarles más que una salida a un restaurante, una experiencia culinaria donde encuentren satisfechos sus cinco sentidos. De los ingredientes frescos, sus esplendidos sabores y las perfectas mezclas  se encarga la cocina, en cuanto a la imagen del lugar y el ambiente limpio eso tenemos personal que lo hace. Su trabajo Miguel consiste en darle voz al restaurante, necesita convencer al cliente de que son especiales, hacerles saber que lo que van a probar será específicamente creado para sus paladares, cada comensal es único e igualmente importante  y eso es lo que usted debe trasmitirles. ¿Cree poder lograrlo?

- Si Señora.

-  Bienvenido entonces a L’Blanc.

Tras un silencio Norma estiró su manó, sin dejar de mirar a los ojos a su nuevo mesero, que respondió el gesto con un ligero apretón.

Cada mañana la primera en llegar era Norma, debía estar pendiente de todo detalle, recibir a los proveedores, y al personal que entraba. Verificaba con reloj la puntualidad, cuando vio pasar a Miguel por la puerta, llevaba puesto lo que el día anterior le había dado, pero no le quedaba como imaginó, pensó si le habría entregado una talla mal, lo miró de arriba abajo, los puños cubrían la muñeca, evidentemente si era esa la medida justa, pero algo no le gustaba, los pantalones quedaban justo un dedo por debajo del tobillo, fijó su vista en los zapatos, estaban llenos de polvo y desde ese día jamás logró que llegara con ellos limpios.

En cuanto entró Miguel, sacudió sus zapatos, se puso el mandil y comenzó a trabajar. Norma  observó desde lejos como logró dejar en un tiempo justo su área montada.

                - ¿Listo para empezar?

                - Sí señora, espero le agrade como quedó el montaje.

Norma recorrió las mesas midiendo con los dedos la distancia entre plato, cubiertos y copas. Acomodó algunas que no eran correctas y miró a aquel hombre que parecía disfrazado de mesero; al dar media vuelta a la mesa se lo topó de frente, no había notado olor en él cuando lo contrató, pero ahora sentía un aroma extraño, no era a colonia, ni alcohol, mucho menos a jabón. Sin embargo tenía el pelo engominado y su aspecto no era sucio.

-En el restaurante, tenemos una colonia en el baño del personal, esto es para que los aromas de los platillos no se confundan con otros olores. Ya sabe que la gente exagera en su arreglo y algunos se bañan en perfume, con el de ellos es suficiente para marearnos, así que al terminar sus labores, antes de que lleguen los clientes le pido que pase a asearse, y se perfume.

Se percató que la mirada de Miguel estaba algo ida.

                -¿Me entendió Miguel?

                - Sí señora, perfumarme antes de empezar con el servicio. Le entendí.

Lo dijo en un tono que a Norma le pareció osado, no le preocupó mucho, ya podría con el tiempo, marcarle el ritmo y las costumbres del restaurante.

Ese día la afluencia de gente fue buena, sin mayores contratiempos en la cocina. Había observado largo rato a Miguel interactuar con los comensales, como limitaba su labor a recomendar algún vino y tomar la orden; recogía los platos, los apilaba en la charola y  llevaba a la zona de muertos, en una barra antes de llegar a la cocina apoyando la bandeja, pasaba solo los platos sucios por una abertura en la pared que daba a una base de aluminio donde se acumulaban los platos, tardaba más tiempo de lo habitual en hacer esto.
Norma, se acercó por detrás intentando hacer imperceptibles sus pasos ¿Qué hará tanto tiempo allí? Escondida tras una columna donde no alcanzaba a verla Miguel, reparó que él miró a los lados, como si vigilara que no hubiera nadie, abrió una bolsa de plástico negra, pasó un cuchillo sobre el plato con restos de comida, tiró todo en la bolsa, la cerró y la colocó dentro del canasto de la mantelería sucia, sacudió las manos en el mandil, tomó su bandeja vacía y regresó al restaurante. Eso le provocó nauseas a Norma, ¿Qué haría guardando los restos de comida de otra gente?

Al pasar frente a la columna, Norma lo detuvo.

-Miguel, creo que se tarda mucho en retirar los platos ¿Sé puede saber porque?

Nervioso, el mesero bajó la cabeza. Norma podía sentir la tensión de aquel hombre y notó como desvió la mirada evitando encontrarse con la suya, esto le molestó aún más, aquel hombre mentía y algo ocultaba. ¿Qué podía esperar de un simple mesero?

                -Lo he visto Miguel, conteste ¿por qué se tarda tanto?

                -He, bueno deben ser la falta de práctica, pero ya verá usted como me pongo al día y entonces voy a ser más rápido señora.

Hipócrita y mentiroso, pensó Norma. No dejaría a ese meserillo llevarse una bolsa con restos de comida, mucho menos que los guardara en el cesto, allí se podían echar a perder y el olor putrefacto sería insoportable. Tenía que agarrarlo con la bolsa en la mano, así solo le quedaría decirle la verdad.

Dejó pasar varios días, viendo siempre la misma práctica, los restos de comida iban a parar a una bolsa y de allí al cesto. ¿En que momento los sacaba?, ¿qué hacía con ellos?

Decidió descubrirlo. Dejaría de llamarse Norma, si no hacia que se cumplieran las normas. Terminando el día, los meseros levantaban las sillas, las acomodaban con las patas hacia arriba sobre las mesas, barrían y colgaban los mandiles. Al finalizar, desfilaba ante ella todo el personal  con un “buenas noches” o “hasta mañana”. Pero aquella noche no sería esa la rutina.

 -Hoy voy a revisar sus mochilas y bolsas antes de salir, sin excepción a todo el personal.

Norma utilizó un tono serio y enérgico, con el cual sentía que se hacia respetar. Parada a un lado de la puerta comenzó a hurgar a cada empleado, hasta el turno de Miguel, él no había estado presente cuando Norma indicó lo que pensaba hacer.

-No voy a permitir que en mi restaurante me estén viendo la cara, aunque sean desperdicios, de aquí nadie se lleva nada, así que disculpen ustedes esta medida, pero tengo mis razones-  Norma pensaba tomar por sorpresa al meserillo y así lo hizo, lo tenía frente a ella.

-¿Qué llevas en la bolsa negra? Ábrela- ordenó.

- No es nada señora, son restos de comida- tras una pausa indicó - son para mis gatitos.

-De aquí Miguel nada debe salir, más que tu uniforme para ser lavado y regresar impecable al siguiente día. No creas que no te he visto y lo que haces es bastante desagradable. Ver como recoges los restos de comida, ¡imagina si un cliente te ve!, ¿qué pensarían Miguel? Esto no es un basurero donde se necesiten, pepenadores. Si quieres comida para tus sucios gatos, de aquí no va  a salir. ¿Está claro?

-Sí señora, disculpe usted, no vuelve a pasar- Se dispuso a irse arrastrando como siempre su cuerpo, cargando con una vieja mochila y la bolsa negra en la mano.

-La bolsa Miguel, démela- le indicó.

Norma dio una mirada al restaurante, apagó las luces, activó la alarma y salió con la bolsa negra tomada apenas por las puntas, como si el contenido le causara real repulsión. Abrió el contenedor de basura y allí la aventó.

Al subirse al carro, por el retrovisor vio como se subía Miguel al transporte del personal, le dio algo de lástima, pensó si habría sido muy severa, pero así debía ser o todos le pasarían por encima, de esa manera funcionaban las cosas allí. Tomó el celular y llamó al chofer del transporte.

                -Don Pepe, buenas noches. Necesito que al dejar a Miguel, vea muy bien donde entra, un reporte de como es su casa, invente alguna excusa para entrar, pídale pasar al baño, lo que sea, pero algo ingenie.

Ya en su casa Norma sintió la paz y el silencio que la recibía, imaginó a Miguel en la suya, rodeado de apestoso gatos, que se lambiscaban a su alrededor, comiendo en el piso los restos de comida de su restaurante. ¿Cuántos tendría?, seguro más de tres. Abrió la cama con sabanas de algodón y edredón de plumas, acomodó los almohadones sobre un sillón y se metió bajo las sábanas. Tal vez duerman con él ¡y el olor a orín que han de dejar a su alrededor!, la imagen le provocó asco. No podía esperar hasta mañana, necesitaba saber como vivía aquel meserillo. Se sentó en la cama y levantó el teléfono.

                -Don Pepe, buenas noches. Dígame ¿qué novedades me tiene?...Ninguna ¿cómo ninguna?, algo debió de haber visto, la casa seguro era sucia… ¿Ordenada?

Este viejo, no tiene idea de lo que dice, quien sabe en donde vivirá él para creer que esa casa puede estar ordenada, pensó.

                -Bueno y cuénteme ¿tenía animales?, no sé, perros o tal vez gatos... ¿No? ¿Pero se fijó bien, por toda la casa?...Un cuarto vive en un cuarto, y no hay animales. Bien, gracias Don Pepe, que pase usted buenas noches. Nos vemos mañana. Sea puntual.

Indignada Norma colgó el teléfono, aquel mesero se había burlado de ella, no tenía por qué soportarlo, ese olor a nada, ¿a orines de gatos sería?, ¿cuáles gatos si no tiene? Maldito mugroso, mentiroso, pensó. Hasta aquí había llegado, mañana a primera hora lo pensaba despedir.

Vio llegar a Miguel, arrastrándose como siempre, con los zapatos empolvados y la cabeza baja.

                -Miguel, necesito hablar con usted, pase a mi oficina.

                - Sí señora.

Tenía que hacerlo sentarse a aquel hombre allí, frente a ella, en sus sillas de piel blanca. Jamás debió de haber contratado a ese individuo para L’Blanc. Sería rápida y concisa. Firmaba apresuradamente un cheque,  cuando entró Miguel.

                -Con permiso señora.

                -Pase, tome asiento Miguel. Mire he estado pensando y no me siento a gusto con su desempeño, por lo tanto aquí está un cheque con su finiquito. Que tenga buen día.

                -Pero señora yo…- objetó Miguel en tono de suplica.

                -Nada ya he dicho, retírese en este instante de mi oficina, usted y yo no tenemos nada más que hablar.

Sucio, mentiroso, cretino, pensó. Hoy son los restos, mañana ¿qué me robará? Levantó la vista de su escritorio para ver salir a Miguel.

                -Cierre la puerta cuando se retire.

                -Sí señora-le respondió, cerrando con suavidad la puerta.

Norma respiró hondo, sin duda se había sacado de encima un problema mayor. L’Blanc la esperaba, los comensales debían ser atendidos con exquisitez, todo tenía que ser perfecto. Nadie se burlaría de ella. L’Blanc era su joya y las manos que la pulen debían estar limpias, ningún mugroso volvería a poner allí sus sucias manos.

                -Muy bien a trabajar- dijo con voz firme al personal, mientras veía como salía Miguel del restaurante.

Don Pepe al verlo irse, se acercó rápidamente a Norma y en voz baja le preguntó:

                -Señora, disculpe usted, pero ¿qué pasó con Miguel? No me diga que lo despidió. ¿Le robó algo?, lo digo por que sé que el día de ayer revisó a todos los empleados.

                -Sí, Don Pepe, me robó.

                -Quien diría señora, se veía tan buena gente. Si usted supiera, donde vive. Siempre era él  al último que dejaba, me pedía que lo bajara en un camino de tierra, bien lejos señora. Yo insistía en llevarlo hasta su casa, pero él nunca quiso. Caminaba largo rato, y la gente se le acercaba, era gente sin techo, indigentes que no más allí ponen periódicos en la tierra para dormir. Eran tantos señora. Se le acercaban como gatitos, él siempre les sonreía, sacaba comida de una bolsa y si viera como se lo agradecían…es una lástima, ese hombre en verdad era bueno.

martes, 17 de abril de 2012

LA CONQUISTA

Legada la tarde se empezaba a preparar para verla, elegía con cuidado la ropa que sabía le gustaba más, después de una buena ducha,  se perfumaba con la colonia que ella le encantaba, con esmero frente al espejo pasaba el peine mientras ensayaba  las miradas que le lanzaría.

Tenía una libretita con frases tachadas que intentaba no repetir:

- “Duda que sean fuego las estrellas, duda que el sol se mueva, duda que la verdad sea mentira, pero no dudes jamás de que te amo” esta ya. “Amo como ama el amor. No conozco otra razón para amar que amarte. ¿Qué quieres que te diga además de que te amo, si lo que quiero decirte es que te amo?” esta uy, con está casi muere, mejor no. “El amor puede esperar todavía cuando la razón desespera.” esta es la de hoy. Palomeó la frase, se puso su abrigo, metiendo la libreta en el bolsillo y salió como cada tarde a su encuentro.

Camino a verla, cortó con cuidado de que no lo vieran, una rosa del rosal de la vecina. Mientras apretaba el paso, ensayaba en voz alta junto con la frase del día cada palabra que le diría.

-Hola linda, que hermosa estás hoy, que lindo te sienta ese color. Que delicioso tu perfume, ¿puedo oler tu cuello? ¡Sí! y mientras lo hago le lanzó la frase “El amor puede esperar todavía cuando la razón desespera”-

Toda esa preparación tenía solo un cometido y era que ella cediera, a veces lo lograba, otras no.

Pero cuando lo hacía valía la pena, aunque al siguiente día ella no recordara en el asilo que aquel quien la visitaba seguía siendo su marido.