domingo, 9 de octubre de 2011

SI ME QUEDARA UN POCO DE VIDA

Abrasaría más a quienes poco he abrazado, lloraría menos a quienes mucho he llorado.
Cantaría sin importar quién me escuche, bailaría sin importar quién me mira.
Me quitaría los tacones para cumplir descalza todas mis misiones.
Escribiría una carta por día sin cuidar formas y armonías.
Aprendería a perdonar, olvidaría cuestionar.
Plantaría flores y nunca las pondría en jarrones.
Miraría a los ojos y sonreiría alegremente, para entre miradas y carcajadas quedarme perpetuamente.

Vestiría un blanco vestido que cada noche lavaría, con la luna secaría y al nuevo sol me pondría.
Esperaría la luna al amanecer y el sol al anochecer.
Correría hasta encontrar mi descanso, me sentaría hasta encontrar mi fatiga.
Gritaría fuertemente, para escuchar débilmente mi silencio.
Me sinceraría con desconsuelo, con quienes mentí por consuelo.
Encontraría un alivio sosiego a mi fatigado ajetreo.
Diría sin fundamentos lo que realmente siento.
Soltaría suavemente todo lo que me sostuvo con fuerza.
Cerraría mis ojos para vivir brevemente, los abriría para soñar eternamente.
Dejaría de buscar con desasosiego a Dios en mi vida, porque a mi muerte con sosiego lo encontraría.

jueves, 8 de septiembre de 2011

DESDE ADENTRO

México… ¿El que llevamos fuera o el que llevamos dentro?, a veces creo que hay dos. Uno es ese país de fuera, con mujeres desaparecidas, encontradas mutiladas, violadas, con niños que mueren en la calle por una bala perdida, producto de ajustes entre carteles del narco. Con indígenas menospreciados y orillados a vivir donde no sean vistos, el México que avergüenza a sus raíces y los obligan a un - Mande usted-, en la tierra de ellos. A que bajen la cabeza para estar, -A sus órdenes Don- y esas órdenes sean, -Levanta la cabeza, para ver lo que traficas, para saber a quién secuestras, para mirar a los ojos a quien matas-, y que solo así alcen la cabeza.
Un México con hambre, con infancia en la calle que consume drogas para no sentir, con niñas que se venden para no sentir, con mujeres que se dejan golpear para no sentir, con hombres que roban para no sentir… un  país que ya no quiere sentir mas hambre.
Un México con dolor y ante él, la gente se pone una venda, un país entero jugando a ser ciego, cuando no lleva más que un pañuelo. Millones de ojos que sobreviven al sufrimiento solo si son tapados, con mordidas, con injusticias, con sobornos, ante la corrupción nadie sabe que pasó,         -Aquí nadie vio nada jefe- el gobierno no se quiere enterar y llena las cárceles de cómodos huéspedes que desde allí hacen cumplir la Ley de Herodes, “o te quitas, o te jodes”. …y nos quitamos.
Un México manchado con nuestra propia sangre, que vemos como ajena, cómo no, si nos tratamos como bueyes que van al matadero y no como hombres-¿O no wey?, si  lo que aquí pasa nos pasa solo por fuera, les pasa a lo demás y no a nosotros,- O sea, a mí no me afecta, los demás que frieguen- o nos limitamos a un -Que gacho-. Es nuestra sangre la que se derrama en manos de nuestra propia sangre, si  mataron a mi sangre yo hago lo mismo, si abusaron de mi yo abuso de los demás, lo que me hicieron yo lo hago, y así nos mutilamos.
Esto es lo que llevamos fuera, y solo se acaba cuando vemos dentro, cuando perdonamos y creemos con fe, en una virgen morena que todo puede cambiar, y empezamos cambiando nuestro interior, nos unimos ante desgracias, sismos, inundaciones, explosiones, y salimos adelante.
Dentro, no solo las calamidades nos unen, nos juntamos en tradiciones milenarias y queremos rescatarlas, conservarlas en altares de muertos, adornados con flores de cempasúchil, y fotos de nuestros difuntos. En roscas de reyes, que partimos con una mano en el cuchillo y la otra por detrás cruzando los dedos, para que no nos toque el niño y nos libremos de comprar los tamales para conmemorar a la virgen de la Candelaria. En posadas con cánticos y enormes piñatas en forma de estrella que con los ojos vendados rompemos.  En el ¡Viva México! que al unísono gritamos en cada rincón, tras escuchar las campanadas.
Solo entonces vemos la grandeza de nuestros volcanes, el pedazo de cielo reflejado en nuestros mares creando las tonalidades de azules más hermosas que los ojos puedan percibir,  los cenotes sagrados,  esos enormes abismos de extraordinaria belleza, con agua tan cristalina que se confunde con el aire, como ojos de agua que la tierra nos regala. En nuestros ríos que corren por monumentales paredes que generosamente se abren para darle paso a ellos.  De montañas que se inclinan y dejan que caigan sobre ellas cascadas formando estanques de agua turquesa que corren entre las piedras como cortinas esplendidas. De majestuosos desiertos que encierran secretos, o esplendidas selvas que tanta vida llevan.
Allí dentro somos libres de volar, de sentir el vuelo del águila, o el suave y bello de una mariposa Monarca. Dentro también bajamos la cabeza, pero solo ante la grandeza de nuestra cultura, cuando Quetzalcóatl desciende ante ella nos hincamos, no hay drogas no hay armas, no hay peso con más valor que las plumas de la serpiente.
Dentro no hay hambre, se conserva el nixtamal, los comales y molcajetes en cada hogar donde esta noble tierra nos da todo para subsistir. Las mujeres frecuentan los mercados y recuerdan la receta del mole, llevando cacahuates, chiles y chocolates, pasando la receta de abuelas  a nietas, mientras los hombres componen canciones que acompañan con trompetas, violines, y guitarras, llevando serenatas a sus amadas. Los niños juegan con trompos, pirinolas, sonajas, matracas y muñecas de trapo, de artesanos que aprendieron el oficio milenario, como el de soplar el vidrio, cocer el barro, pintar talaveras, hilar tapetes, bordar vestidos, deshilar manteles, pegar chaquiras y ponerle a todo, ese colorido único de nuestra tierra.
El que llevamos dentro es el México del alma, ese que cuando nos dejan ciegos, sordos, mudos y mutilados,  aún se siente en la piel y aprendemos a ver interiormente, a amarlo como nunca lo habíamos hecho… desde adentro.

viernes, 17 de junio de 2011

CICATRICES


-No te pongas, así, no es nada a comparación de lo mío, te cuento…
Y así  con orgullo, cual si fueran batallas ganadas de guerras siempre más importantes que las de los otros, se empiezan a exponer una serie de hechos que dejaron sus marcas. Olvidando las trastiendas y los saldos, levantamos cada parte que las cubre para mostrarlas.
-Mírala, vez que grande e impresionante es! Está sí que dolió, yo sé bien de lo que hablas, porque también lo viví.
Esas marcas hay quienes así las muestran, como los únicos sobrevivientes de sus guerras, cuando hacen esto dejan de ser medallas de honor para ser costras que apestan y alejan a la gente cuando hablan y hablan de ellas.  Los más sabios no las comparan, de vez en cuando en soledad las tocan suavemente para recordar que allí están, sin alcanzar a rememorar como fueron hechas.
De ellas, algunos estamos atiborrados en la vida, y su presencia o ausencia nos van moldeando de alguna manera
Ciertas nos fueron hechas y otra nosotros las hicimos, algunas ocasionadas por golpes, caídas, cada una invariablemente cuando está abierta duele, hay unas por fuego que quemaron sentimientos, momentos, otras por cortes que abren y sangran con recuerdos, pero todas absolutamente todas cierran dejando una marca, una cicatriz
Es inevitable que nos llenemos de ellas, no hay remedio casero que las oculte, y si las maquillas infaliblemente al lavarte vuelve a aparecer, sin embargo hay formas de que no tomen esa apariencia desagradable que te recuerde lo que pasó,  para ello debemos curar debidamente las heridas, porque una herida que se cura con rapidez tiene menos probabilidades que cause una cicatriz.  Así, es necesario que, tan pronto se produzca la herida, se limpie, sin rencores, sin venganzas, dejándola abierta un tiempo para que se ventile, lavándola a cada rato para que no se infecte. No por muy grande que sea la herida va a ser el tamaño de su secuela, cualquiera por más diminuta, si no se cuida puede dejarte una marca de por vida.
Nadie sabe como duele una herida más que el que la sufre, y en esos momentos el que te digan que va a cicatrizar no es consuelo, el saber que un día solo verás una marca que ya no dolerá no reduce el sufrimiento, todos las llevamos, pero eso no nos autoriza a medir las ajenas. Con orgullo las mostramos y hasta damos cátedras de los pasos que dimos para sanarlas, burlándose quizás de esa pequeña cortada, o golpe que aún arde y duele, sin embargo hay personas que no cicatrizan nunca, que el dolor las hace sentir vivas y van por la vida lamentándose con esas heridas sin cerrar.
Todos tenemos esa oportunidad de sanar y no ser juzgados por el tiempo que nos tomé hacerlo, el dolor solo persiste si no hay cicatrices

lunes, 4 de abril de 2011

CONGELADOS

Deberíamos poder poner tal cual alimento, los sentimientos en el congelador. Según el tamaño de nuestros sentimientos sería el tamaño del congelador que deberíamos tener.
Algunos acomodarían todo en pequeñas porciones, cuidadosamente en bolsitas al vacio, para  ir descongelando según fuera la necesidad, otros congelarían emociones tan grandes que  a la hora de descongelarlos se darían cuenta de que solo necesitaban la mitad e inevitablemente la otra mitad va a parar a la basura.
Hay quienes viven a basa de comida congelada,  cosa practica hoy en día, llegas cómodamente y solo metes en el microondas lo que se te antoja,  imaginemos la misma practicidad con lo que uno quiere o bien odia, cuando se necesita sentir solo es cuestión de microondas y listo, nada extraño en estos días en que nada se toma su tiempo para apreciarse, todo debe ser rápido y estar casi listo, quizás ese etilo de vida se refleja en la sociedad, relaciones rápidas, matrimonios rápidos, fracasos aun mas rápidos. La cocción a fuego lento, con esmero, cuidando cada detalle, dando la medida exacta ya no existe, ni hablar de un buen sazón que le de ese sabor a una relación. Sin mayor  problema todos lo que sobre, todos los excesos inevitablemente van a parar al congelador.
No encontraremos obviamente en el mercado, bajo el cartel de “congelados” una gran variedad de sentimientos, sin embargo en otro tipo de mercado donde “si me das te doy y si no te congelo”, dónde las partes y las condiciones deben ser iguales, allí la oferta y demanda puede ser enorme, tantas cosas deberíamos poner a congelar, ciertos momentos para que duraran mas, caras o gestos que no se quisieran olvidar, promesas, palabras, todo aquello que de alguna manera consideráramos que debería perdurar o aquello que nos duele tanto y no nos animamos a desechar.
Lo malo es cuando se intenta meter allí algo que aun está caliente, por lo general  siempre se va a echar a perder, esa es una regla básica para congelar al igual que, una vez descongelado no se puede volver a congelar.
Sin embargo el congelador puede ser un aliado sabiéndolo utilizar. A tiempo cualquier sentimiento que pongas a congelar, puede durar mucho mas, sacarlo fresco y volverlo a sentir con el mismo placer con el que lo guardaste, o bien olvidarlo allí y al sacarlo después de mucho tiempo, en una de esas limpiezas de sentimientos, darte cuenta de que si allí  olvidas lo que colocaste también caduca, quizás más lento, pero a la hora de sacarlo va a apestar igual.

viernes, 21 de enero de 2011

MIEL

Desde mis pequeñas memorias, recuerdo sentir un placer oculto, que duró en mi muchos años. Incluso después de casada aún lo hacía, inconsciente y ya dormida, sentía esa sensación deliciosa de placer satisfecho, así podía dormir toda la noche.
Cómo a los tres años mi madre empezó la lucha por quitarme esta manía, que me apaciguaba y me deleitaba.  No podía hacer eso en la escuela, que dirían mis compañeros y profesores, era lo que me decía.
Cuentan que cuando era bebe al cargarme alguien, buscaba mi placer entre su ropa, allí me quedaba en la incómoda posición entre la persona que me cargaba su cuello y yo pero satisfaciendo mi deseo y quedándome dormida
Así que quitarme mi manía fue un duro paseo entre mano atada, ungüentos, amenazas, burlas, etc.., nada funcionaba, y mi mente aun no entendía porque debía dejar algo que me daba placer y me tranquilizaba.
Más tarde cuando empezaron las burlas deje de hacerlo en público y guardé ese placer solo para mí, hasta que sin yo saberlo y creyendo esto superado mi marido descubrió que aun lo hacía.
La manía se fue, la solución después de años la encontré yo
Al preparar mi te cada mañana y cada tarde le ponía miel, untaba el dedo en ella y esa sensación deliciosa, mi dedo con miel, no sabía si era la miel o la excusa para hacer ese acto prohibido desde tan niña lo que me fascinaba, sentir como lo deslizaba, esa sensación,  entre deliciosa, tibia y pegajosa.
Una noche me quedé sola, era el momento perfecto para hacer lo que esperaba, me puse un delicioso pijama de seda que me recordaba la textura detrás de los cuellos que desde niña buscaba, tomé el frasco de miel y una y otra vez hice lo mismo, hasta terminarme el frasco, no había más miel, pero mi dedo aún sabía a ella, dulce y más dulce.
Durante días en mi mente mi dedo era tan dulce que dejé incluso de tomar té, desde ese día acabé con mi infantil satisfacción, en vez de darme placer me empalagaba.
A qué viene todo esto, a que en la vida la gente juzga un acto como inadecuado, te llenan de vergüenza,  te aíslan, y tratan de quitar de ti cualquier manía, de las peores maneras. Solo cuando decidí hacer de mi placer una acto delicioso, llenarlo de miel, fue que aprendí que uno se cansa más fácil de lo dulce que de lo amargo, y que con la dulzura de la miel curé mi manía desde bebe de chuparme el dedo mientras acariciaba una etiqueta.

martes, 18 de enero de 2011

VACUNA para AMAR

La hormona de crecimiento puede ser utilizada como tratamiento anti-edad, fue lo que escuchaba en una plática mientras esperaba mi turno en la fila. ¿Qué relación podría existir entre esa hormona y la edad?. Seguí escuchando la plática,  una señora le decía a la otra “-Es increíble lo fresca y joven que te sientes al siguiente día de aplicarla”.
Fresca y joven es el deseo de toda mujer, verse así puede garantizar un estado de plenitud, satisfacción, y garantizar el amor, lo vemos en todos lados, en las revistas, la tele, la calle, “Haz lo necesario, pero luce fresca y joven”. Si tan solo miráramos internamente, entenderíamos que no hay vacuna o antioxidante que te ayude a ser lo que las campañas prometen.  La frescura no retrocede,  la frescura se genera cada día. Uno ha de terminar con todo el conocimiento acumulado durante el día, heridas psicológicas, compararse con otra persona, compadecerse de sí mismo… terminar con todo eso antes de acostarse, y untárselo a modo de crema, de modo que al día siguiente la mente  sea fresca y joven. Una mente así nunca puede ser lastimada, y menos vieja. Entonces entendí realmente… lo que te hace crecer, sea hormona, sea sentimiento, te hace más joven.  
Deberíamos dejar de intentar  deshacernos de todo aquello que nos lastima, esas cosas son nuestros antígenos, de los que nos queremos desprender, sin saber que solo con ellos podemos crear anticuerpos y solo así una respuesta de defensas. Si por un momento dejáramos de luchar y nos quedáramos quietos, cuando ya no esperas nada, ni pides, ni exiges, ni buscas, ni posees, cuando ya no tienes celos, ni temor, ni ansiedad, cuando estás realmente en silencio, sólo entonces es posible sentir frescura y juventud en alma y así poder amar

El amor no es una cosa de la mente, de la juventud o del cuerpo. La razón de que no tengamos amor es porque las cosas menos importantes han llenado nuestros corazones, celos, envidias, deseos de ser alguien, ambición, éxito, de igual manera que colmamos nuestra vida, de mala alimentación, poco ejercicio, estrés, radicales libres y nos dejamos de ver jóvenes

No hay aun en el mundo una vacuna que retroceda el tiempo, ni hay una persona que logre olvidar, y volver a empezar, en algunos casos, cierta memoria inmunitaria se produce, como una especia de inmunidad transitoria frente al ataque patógeno, pero para lograr esto solo nos queda, inyectarnos nuestro pasado, asumir lo que somos, ver cada día como una oportunidad y sentir que es un privilegio el crecer en edad y sabiduría, solo así se es lo suficientemente joven para nunca dejar de amar
.

miércoles, 27 de octubre de 2010

EL ALTAR

Despertó antes que el sol apareciera y las chicharras dejaran de sonar, sentía la humedad de la noche aún en su piel, o era quizás su mismo sudor helado el que la recorría. A un lado del piso frío,  estaba un collar de piedras, ese que la había esperado durante tanto tiempo, el que habían labrado los artesanos con cuidado, el collar bendito por el padre, no su padre, a él no lo veía desde que tenía pocas lunas y recuerdos, pero no olvidaba su cara, su expresión de orgullo , su beso en la frente, y sus palabras que entonces no entendió.

Intentaba ver en su memoria buscar en sus recuerdos a su madre, sus hermanas, ella era la ultima de las ocho. Cerraba con fuerza los ojos , como si así pudiera ver con claridad su mente y las veía a ellas, veía como se hacían cada vez más pequeñas, mientras ella se alejaba. Caminando volteó solo una vez mas, sin saber que sería esa la última imagen que vería de su familia. Ahora trataba de recordarla, sus hermanas abrasadas, su madre tan pequeña y anciana, y su padre que sonreía.
Inevitablemente cuando trataba de ver lágrimas, sentía el jalón de una mano, blanda , fría y a la vez callosa, la misma mano que sintió aquel día obligándola a no mirara atrás.

Lentamente se incorporó del tejido de mecate que solo era honor de pocos, y miró entre sus piernas, sabía que pronto entrarían las mujeres como cada mañana a cerciorarse si era consagrada. El sudor bajo por su espalda , miró despacio, casi sin querer ver, deslizo uno de sus dedos en la entrepierna , subió su mano,  y lloró, al saberse bendita. No podría ocultarlo, sintió el miedo muy dentro, un grito que se ahogaba en su silencio,  ganas de correr, de huir, desaparecer de esa tierra. Rogó a Izcoxauhqui, que  no cruzaran por esa puerta las tres mujeres de cada mañana, cuando escucho los pasos descalzos. Era tarde, allí estaban.

Una de ellas vio una mancha en el mecate, una mancha roja, la bendición de los dioses, y salió rápidamente a comunicarlo. La princesa estaba lista, y habría que preparar la ceremonia.

Las familias fueron avisadas, el día tan esperado había llegado, sería fiesta , sería gloria, la princesa estaba lista.

El trueque en el mercado se hacía entre rumores, un ambiente festivo se respiraba, todos querían verla, a ella, la mas bella, la elegida por el padre. Algunos fantasearon con tocarla, otros con tan solo verla, admirar por un momento tanta belleza. Decían que tenía el pelo de la noche, tanto o mas negro que sus ojos, que no había cuerpo más hermoso, y más perfecto bajo su piel de bronce. Susurraban las señoras mientras  agachadas intercambiaban ramas , frutas y chismes, los niños amarrados a sus espaldas  lloraban entre el ruido y el polvo del mercado.

Los sacerdotes se reunían en el altar, pasarían el día sin probar alimento, limpiando el cuerpo, para purificar el alma, así sería hasta que se pusiera el sol entre los pilares del templo mayor.

La princesa estaba lista, pero no sentía ser ennoblecida, no entendía por que si era la elegida tenía tanto miedo, su corazón había latido mas rápido que nunca durante todo el día, mientras era untada con flores de azahar, y sentía como suavemente su pelo era arreglado por otras manos. Palpitó con más fuerza el corazón y un ligero temblor le recorrió el cuerpo cuando acercaron a su cuello aquel collar que habían labrado para ella. Era el momento, el sol se ponía.

Salió de la casa que la guardó durante tantas lunas, bajó despacio las escaleras de piedra. Siguió descalza por el camino de flores de cempasúchil amarillas y entre la gente que a su paso deslumbrados y agradecidos bajaban la cabeza. Uno que otro intentó mirarla por un instante, una anciana se acercó a besarle la mano. Seguía lentamente  el rumbo que la guiaba al Nahuolli

Ella prosiguió entre el paso que la gente le habría, caminó con la cabeza en alto, como tantas veces le enseñaron, hasta llegar allí, al altar del templo mayor, dónde esperaba el padre, el sumo sacerdote .

Subió uno a uno los peldaños, para llegar al altar. El sacerdote la tomo de la mano y la ayudó a subir. Otra vez era aquella mano, ahora mas callosa, pero igual de fría.

Se acostó la princesa y cerro los ojos, el silencio era grande, la piedra del altar era fría. Pensó una vez mas en aquella imagen, sintió un fuerte dolor en el pecho, y giró su cara, entre la gente logró ver a la anciana, a siete mujeres y  sus lágrimas.

El cuenco estaba listo con el amaranto, allí puso el sacerdote el corazón que aún latía, en sus rezos y entre el canto de la gente, le dio una mordida.

El cielo se cerró, los Dioses agradecían, Izcoxauhqui  y Cueztzaltzin los bendecían.
La era de Huitzilopochitlí empezaba, todo sería prosperidad y alegría en esta nueva vida. La princesa había sido entregada a los Dioses.

Cada año, según la tradición y costumbres heredadas del México antiguo, regresa la princesa a través de un camino de cempasúchil,  y se le espera junto a los difuntos con un banquete. Hornear un pan,  con  sabor a azahar por el recuerdo de los fallecidos, cuyo centro representa el corazón de las animas benditas, el corazón de tantas princesas, ponen alrededor, cuatro canillas como los cuatro puntos que guían al Nahuolli  y lo presentan a modo de ofrenda ,  enfatizando el color amarillo entre flores,  clemoles,  naranjas,  guayabas,  plátanos y  calabazas que adornan
el altar...el altar de muertos.